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22 de diciembre de 2010

52: "ROMANCE"

Hubo tiempos en los que la tierra fue niña, una niña pequeña que apenas era consciente de lo que sucedía dentro de ella, una niña que apenas se formaba.
            En esos primeros miles de años, el mar era un gran lago seco, muerto, que sin mirar, existía para darle un color azul a la tierra.
            Entonces la luna estornudó y se creo el cielo, de un blanco puro. Sin pensarlo mucho, el cielo se convirtió en los pulmones de la tierra, y al ser el mar su piel, sintió que algo era colocado encima de él.
            En aquel momento el mar, que había estado tan inerte que parecía dormido, abrió los ojos.
-¿Quién eres?
-No sé, creo que soy la nada.
-No puedes ser nada si estás aquí, ¿cómo es que llegaste?
-Llegué en un soplo inesperado, alguien estornudó y aparecí.
-Curioso.
-Sí.
Se hizo el silencio.
            Miles de años después, aparecieron el día y la noche porque a la niña tierra se le ocurrió parpadear. Cuando se cerraban sus párpados, el cielo se oscurecía hasta parecer casi negro, y el mar también se oscurecía tanto que casi se unía al cielo. Estaban tan cerca que todas sus terminales nerviosas parecían fusionarse.
            Ambos, cielo y mar, sintieron como su respiración se aceleraba. Así nacieron los primeros soplos de viento y las primeras mareas.
-Es incómodo estar así ¿no crees? El mar advertía el suave peso del cielo y sentía como una corriente cálida lo embargaba hasta lo más profundo. Por más que quisiera, no podía dejar de mirar al mar.
-Un poco sí, pero que más nos queda. No se puede cambiar.
-¿Te arrepientes de estar así?
-A veces, pero no puedo imaginarme una vida muerto
-Yo sí.
-¿Enserio?
-Sí, antes estaba así.
-¿Antes? ¿Cuándo?
-Antes de que tú llegaras.
-Ah, ¿por qué lo dices?
-Lo digo porque antes de que llegaras me sentía casi muerto, pero existía, casi ni apreciaba el pasar del tiempo. Después, cuando tú llegaste, sentí algo sobre mí. Era la primera vez que yo sentía algo y cuando quise mirar, descubrí que tenía los ojos cerrados; decidí abrirlos y lo primero que vi fue a ti, tan transparente, tan luminoso…
-También fue la primera vez que yo veía algo, nací claro pero eso no significa que pudiera ver. Fue diferente descubrir que estabas aquí.
-Sí, y ahora míranos, tan oscuros que parecemos uno solo.
El cielo se movió incómodamente y algunas brisas golpearon al mar,
-¡No! ¡Espera!. El mar comenzó a vibrar, estaba riendo.
-¿Qué te pasa?
-Me haces cosquillas.
-Ah, perdón.
-¿Qué te ocurre?
-Nada.
-¿Entonces por qué te moviste?
-Es que me pareció extraño que dijeras que parecemos uno solo.
-Pero si es la verdad.
-Ya lo sé, pero me parece incómodo.
-¿Por qué?
-Suena a que somos amantes.
-Ah.
Y el mar no volvió a decirle nada más al cielo en muchos pestañeos.
            Pero el cielo se sentía solo. Aún cuando se unía con el mar cada noche, este no le dirigía la palabra. El trataba de no mirarle pero era imposible. Lo sentía en cada parte de sí, aunque era tan silencioso que parecía vacío. La tristeza era tan grande que pequeños trozos de sombra aparecieron en el cielo. Así nacieron las primeras nubes,
-Oye. El cielo susurró débilmente al mar pero este no contestó.
-¿Estás enojado?
El mar veía la cara del cielo como si mirara al vacío. No respondió.
            El cielo se sintió tan triste que comenzó a llorar. Lloró tanto y por tanto tiempo que la tierra sintió crecer en sí árboles, plantas y  flores. Las cosas más hermosas llenas de vida llegaron así a este mundo.
            Si existió alguna vez una pregunta como ¿a dónde van las lágrimas?, es necesario saber que a partir de este momento, en el que el cielo lloró y nació la vida, todas las lágrimas fueron a dar al corazón de la tierra, para hacerla latir.
El mar también sintió las lágrimas y miro extrañado fijamente al cielo.
-¿Qué te pasa?
-Nada.
-Entonces, ¿qué estás haciendo?
-No sé, me sentí infeliz y llegaron las nubes, luego estuve tan pero tan triste que empecé a gotear.
-¿Y ahora?
-Nada, estoy bien.
-¿Y porque sonríes?
-¿Cómo sabes que estoy sonriendo?
-Porque siento que el sol brilla más que nunca. Quema.
-Ah.
-¿Estás feliz?
-Sí, mucho.
-¿Por qué?
-Porque por fin te decidiste a volver a hablarme.
-¿Te dejé de hablar?
-Sí, durante muchos parpadeos.
-¿Ah sí?
-Sí.
-No es cierto.
-¿Ah no? ¿Entonces porque ya no me dirigiste la palabra?
-Me quedé callado porque estaba pensando.
-¿En qué pensabas?
-En lo último que me dijiste. Que parecíamos enamorados.
-¿Y qué pensaste?
-Que tienes razón.
-¿Y?
-También pensé que una cosa era parecer y otra ser. Por ejemplo, si la tierra se pusiera de cabeza, quedaríamos al revés y parecería que tú eres yo y que yo soy tú, aunque no lo fuéramos. Y tú eres tú y yo soy yo. Entonces pensé que para ser enamorados teníamos que sentir algo el uno por el otro. Pero como apenas he sentido algunas cosas, no sabía si era suficiente para llamarlo amor. Te miré por mucho tiempo, sin hablarte, mientras analizaba qué era lo que me hacías sentir y fue muy poco. Entonces repasé en mi mente las primeras veces que hablamos y recordé que eso me hacía sentir algo. Estaba pensando en ello cuando comenzaste a gotear.
-¿Y qué pasó?
-No sé, fue diferente. Te sentí distinto y algo en mí cambió; me preocupé por ti y quise saber que pasaba. Me dijiste que estabas triste y luego te sentí sonreír y un calor me inundó. Ahora mismo me siento tibio hasta las entrañas.
-¿Eso qué significa?
-No sé, pero quiero sentirme así siempre. Quiero sentirte sobre mí y sentir lo que sientes. Quiero hablar contigo, que me cuentes qué te pasa, que piensas. Solo sé que no quiero que te vayas.
-Yo tampoco me quiero ir.
-¿Eso quiere decir que me amas?
El cielo suspiro al oído del mar y el mar se estremeció.
-Creo que sí.
Llegó la noche y el mar y el cielo se unieron, pero de una forma diferente. No solo estuvieron juntos en algunos lados, sino que se dejaron fusionar hasta que fueron solo uno. De su primer encuentro lleno de felicidad y amor, nacieron las primeras caricias, los primeros besos, los suspiros y la primera pasión.
            La tierra sintió un retortijón dentro de sí y supo que había cambiado. Ya no era una niña, era una mujer que sentía, que anhelaba… Pero lo tierra tuvo miedo. Tuvo tanto miedo que vio dentro de sí y observó como el mar y el cielo se amaban salvajemente dentro de ella. Eso la enojó tanto que se estiró de brazos y piernas hasta que consiguió separarlos. El dolor parecía haber cedido y la tierra ya no hizo más.
            Pero el mar estaba devastado. El sentir como el cielo había sido arrancado de su lado era algo insoportable y apenas podía aguantar el dolor de haberlo perdido. El cielo se había alejado en un momento en el que estaban tan unidos, que se había llevado consigo parte de él.
            El mar estaba furioso, se alzó de su quietud e intentó alcanzar el cielo, creando las primeras olas. Sin embargo, por más que se alzara, no pudo volver a él. El mar lloró tanto que se creó la espuma y le nublo la vista. Pasaron muchos pestañeos más antes de que pudiera quitarse un poco de esa espuma y volver a mirar al cielo.
            Cuando por fin lo pudo mirar, vio que este ya no era transparente, sino que había adquirido un tono azulado, parecido a su color. El cielo todavía estaba triste pero lo miró con una sonrisa. Ambos entendieron que aunque no habían sido separados, ya no podían volver a unirse, ya no podían volver a hablar, solo podían mirarse… Sin embargo todavía estaban ahí, lo que significaba que no todo estaba perdido.
            El sol y la luna habían sido testigos de aquél triste desencuentro causado por la tierra y compartieron su tristeza. Platicaron entre ellos y les dijeron:
-Lo hemos visto todo y vamos a ayudarlos.
-Pero… El cielo dudó. ¿Cómo gobernar a alguien tan caprichosa como la joven tierra?
-Ustedes confíen.
            Entonces el sol y la luna, que habían estado juntos desde su nacimiento, se separaron en opuestos perfectos y la tierra por tratar de mirarlos a los dos, se volvió redonda.
Y el mar y el cielo pudieron obtener nuevos instantes para estar juntos, ya no para siempre pero si a ratos que aprovechaban para entregarse. Así, nació el horizonte.
ANA LAURA BRAMBILA TAMAYO
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“Me llamo Ana Laura Brambila Tamayo, tengo 19 años y estudio Creación Literaria en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México. Empecé a escribir desde los ocho años, pero jamás pensé que sería mi profesión hasta que fue momento de decidir qué iba a estudiar. Creo que mi deseo de ser escritora apareció en el mismo momento en el que descubrí que las historias que leía en los libros, eran solo una pequeña parte de un mundo maravilloso y que yo podía ser parte de él. Me gusta mucho leer, dibujar, escuchar música y creo que el arte es una forma maravillosa de ver el mundo, en el que no hay nada correcto o incorrecto mientras pueda transmitirse un mensaje.

Escribo de forma cotidiana, sobre todo en mi blog (https://rosasdelimon.blogspot.com/.com) y en mi twitter (@Anedixit)”

21 de diciembre de 2010

51: "EL HOMBRE LOBO"

Esta tarde leía en el metro:
“Padre me ha arrancado una promesa:
-¡¡No debéis darme paso pasadas las campanadas de las doce de la noche!!
Padre se ha aficionado a las novelas grotescas y fantásticas, temo le pase lo peor. En la tarde nos ha contado que saldría a mirar por los montes, con su trabuco, si algún lobo es el dañoso de las incursiones y desperfectos en rebaños y establos, pérdidas de ganado de los últimos días; mas hoy un pastor ha sido muerto en el monte. Junto con su tabardo y arma al ristre, saltó al monte.
Su tratado sobrenatural preferido, narra que cuando un paisano sale a dar caza al hombre lobo, si torna después de las campanas de media noche, no debe separársele la tranquera, pues no regresa el hombre, sino el lobo. Padre no has tomado palabra que tras tocar la queda de media noche en la iglesia, no le facilitaremos acceso hasta que se llegue el día. ¡Esos malditos cuentos, le han trastornado¡ ¿Cómo le voy a dejar helarse de frío vuelva cuando vuelva? Si no permito que entre, caeré en las mismas supersticiones suyas, y no le auxiliaré en su paranoia.
De todas las maneras estoy muy asustada, esos chismes te entierran el miedo en las tripas. Ahora dispuesta en la ventana helada, distingo por su reflector que desciende, con sus pies hundidos en la nevada, de las cumbres. Y dudo sin sus consejos deben ser llevados acabo o no, ¿qué hacer?, le prometí una acción, pero tampoco estoy segura de lo correcto. Los bronces fuliginosos acaban de comenzar a repicar, y Padre, quizás la bestia, camina a unos doscientos metros de distancia, orientado hacia nuestra cabaña…”
En ello estaba, cuando he observado que un hombre tenía las mismas pastas negras que yo releía. El primer impulso ha sido acercarme, pero he temido meter la pata, importunarle, incluso asustarle, y he decido esperar a volver a verle. 
Sigo observando por la ventana… estoy sola en el apartamento, presiento pasos de lobos.
MARIMANTA
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 “Me evito perder tiempo con explicaciones que solo escribo ficción”, ésta es Marimanta. Una escritora que lo único que quiere es que la leáis sin importar quién sea o de dónde. Es el sacrificio más puro a favor de la propia obra, pasar a segundo plano y hacer brillar sólo las palabras.


Podéis encontrar más trabajos de Marimanta en:
“Podéis navegar por donde deseeis”

20 de diciembre de 2010

50: "ESPERA SUBTERRÁNEA"

Aquel día entramos por la boca del metro eufóricos. Alexis llevaba un abrigo muy pesado que guardamos en mi mochila para que no estorbase en nuestro plan de viaje.
—Necesitamos libertad de movimientos —aseguró. Sofoqué mis dudas y nos hundimos en la boca del metro. La escalera eléctrica que nos llevó hasta el andén, iba ese día más lenta que nunca, repleta de personas que intentaban ignorarse unas a otras y que nos impedían avanzar siquiera un paso.
Cuando escuchamos el pitido que anuncia el cierre de puertas ocupamos con rapidez nuestras posiciones. Apenas tuvimos tiempo para colocarnos en el sitio exacto antes de comenzar: cada uno sujeto de unas asas metálicas que sobresalían por fuera del último vagón. Yo pasé primero y coloqué mis pies en un escalón que sobresalía a ras del suelo. Alexis me imitó y compartimos una mirada cómplice. Nadie nos vio.
—¡Suerte, Mauro! —me dijo feliz. El tren inició su trayecto con un movimiento tan brusco que por poco nos hace caer. La emoción se nos escapaba del cuerpo a carcajadas enloquecidas. Las paredes del túnel parecían un film antiguo, cuadro a cuadro, tal vez en sepia. La velocidad aumentó, cada curva era una aventura increíble. El vértigo. El aire. La oscuridad.
Cuando llegamos al cruce de vías, vi que un tren se aproximaba y el nuestro comenzó a cambiar de riel. Alexis esperó hasta el último momento y cuando el primer vagón estaba casi al lado del nuestro, tiró de mi mochila con fuerza empujándome al vacío.
Desde entonces vivo en este subterráneo, y no pienso salir de aquí. Me he acostumbrado a la oscuridad que tiñe estas largas avenidas subterráneas; aquí me distrae el zumbido de los trenes que van y vienen, que me atraviesan cada cinco minutos. Sólo espero la oportunidad de encontrarme de nuevo con Alexis, sé que alguna vez tendrá que subirse de nuevo al metro, y entonces podré hacer por él lo mismo que hizo por mí.
BELISA BARTRA
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Nuestro Ángel de la guarda ha querido repetir la experiencia 365 con este inquietante relato. Todo un regalo para vosotros, mis queridos lectores, puesto que os aseguro que le ha llevado un montón de días dejarlo perfecto.
Su otro relato, “Memoria” se impuso en menos de 48 horas en el ránking de los 10 cuentos más leídos. ¿Lo conseguirá esta vez?


"Vivo en Barcelona, y aunque de origen catalán, soy venezolana, mexicana… nacida en Inglaterra. Participo en un proyecto de difusión de microliteratura, escribo en mi blog personal y me cuento mis propios cuentos. Desde siempre imagino historias, me invento el mundo a cada paso y, cuando aprendí a hacerlo, también comencé a reescribirlo.
Creo que es inútil hacer una descripción de mí misma, dado que vivo en constante reescritura y no puedo parar de imaginarme. Acaso el cambio me define."

Podéis seguir la trayectoria de esta estupenda escritora en:

19 de diciembre de 2010

49: "DESPOBLADOS"


El mismo bar de siempre, la misma hora, los mismos amigos que suben las escaleras portando un cafe cada uno y se sientan en los sillones del reservado de arriba, completamente solos, la camarera ve distraída la tele.

-Ufff… quema.
-Lo sé, siempre hace lo mismo, yo no sé por qué venimos a ésta cafetería sabiendo que la camarera es una manazas. Seguro que además está asqueroso, como siempre.
-No te pases, pobrecita, aunque es verdad.
-Oye, ponte para allá que desde aquí no veo la calle.
-Espera, espera, que me tiras el café encima.
-Da igual, si acabaremos dejándolo entero. Tú échate para allá que lo que quiero es ver si pasa Jorge, que me dijo que sobre esta hora había quedado con Inés y vive ahí enfrente, si pasa, lo veo.
-Que perra te ha dado con Jorge, pero, ¿A tí que te importa si ha quedado con Inés o con quién sea?
-Sí me importa, siempre está pavoneándose de lo que liga, de lo que hace, y ya sabes que yo pienso que todo es mentira, que se tira el rollo. No me lo creo y si no lo veo pasar lo confirmo.
-Mira que eres estúpido, déjalo con sus historias, sean verdad o no, siempre te obsesionas con las cosas. La última vez fue con Marta. Te obsesionaste con que había sido ella la que te robó la cartera aquel sábado, en el cumpleaños de Jesús, y estuviste casi un mes detrás de ella, presionándola para que confesara. Y resultó que la cartera estaba en el bar donde estuvimos, guardada por la camarera y con todo intacto, hasta el dinero. ¿No te hace replantearte eso que muchas veces te equivocas? Es más, yo creo que sabes que te equivocas pero necesitas tener una guerra abierta con alguien y sigues el rollo por no aburrirte.
-La verdad que algo de razón tienes. ¿Te acuerdas de la cara que puso Marta cuando en medio de una clase grité: -¡Pelona ladrona!? Todavía me río al recordarlo. Pero es verdad David, sí que me obsesiono un poco con las cosas que no deberían obsesionarme, pero qué le voy a hacer, me aburro. Este pueblo de mierda es un asco y algo se tiene que hacer para que el tiempo sea más divertido.
-Ves, ya estás otra vez, cuántas veces te he dicho que lo ves todo diferente, muy complicado. Aquí se está a gusto, yo estoy a gusto, me gusta éste pueblo, quiero vivir aquí y no te entiendo Diego, para nada, te lo pasas bien, tienes amigos, una vida social, intelectual, hasta sexual amplia e interesante, y con esa cara jajaja. Fuera bromas, no sé de qué te quejas, este lugar es tan bueno como cualquier otro.
-Si, lo sé, pero esta muerto, es un callejón sin salida. Cada día hay menos gente, todo el mundo se marcha y sólo queda gente mayor que lo tiñe todo de un color gris. Yo no quiero acabar aquí, aburrido, sin ganas de hacer nada, como todos esos señores que sólo hacen que pasear arriba y abajo sin nada que hacer porque no hay nada que hacer en estas calles, es un desierto. ¿Qué se puede hacer? Si hasta los mayores se aburren, nosotros que somos jóvenes, no tenemos otra solución que irnos a un lugar más grande, donde encontrar trabajos que nos emocionen, donde podamos relacionarnos con gente que tenga otros intereses que no sean los que tenemos aquí. Porque a ver David, ¿Qué es lo que vas a hacer tú con tu vida en ésta cárcel, en esta jaula entre montañas que no nos deja ver más allá? Porque existe otro mundo que vibra, está vivo, un mundo que yo quiero explorar.
-Diego, estoy de acuerdo en la mayoría de lo que has dicho. Éste pueblo cada día está más muerto, pero es por gente como tú, que un día se levantó y creyó que irse iba a ser la solución, pero no Diego, eso es un gran error.  Yo aquí es donde me siento vivo. Tú crees que debes marchar porque hemos crecido con esa coletilla en nuestra cabeza, “Aquí no hay nada para los jóvenes, lo mejor será marchar, buscar trabajo fuera y vivir la vida”. Todo eso es lo que hasta nuestros propios familiares nos han repetido una y otra vez desde que éramos unos canijos. La verdad Diego, es que yo me siento parte de ésto, del paisaje, de la forma de vida, no encuentro ningún interés en la vida en una gran ciudad, está desnaturalizada, es fría. Ya sé que el rollo de que aquí todo el mundo sepa todo de todo el mundo es un poco molesto a veces, pero si lo piensas bien, es una forma de comunidad muy agradable, nos convertimos en una pequeña tribu y no estoy con patriotismos baratos, porque sabes que no soy de ideologías, soy de tierra y ésta me gusta, me acoge y el pensar todo el día en lo que no tienes te ciega, te enferma.
-Sí David, sí, pero ahora piensa; tú eres gay y aquí nunca te trataron muy bien que digamos, ¿verdad?. La comunidad,  “la tribu” como tú dices es la que un día te dió la espalda, te rechazó, te apartó y hasta hace bien poco no estabas a gusto aquí. No entiendo que, precisamente tú, tengas tanto amor por un lugar, unas personas que te trataron tan mal.
-Eso es verdad, pero ¿Qué hubiera cambiado de todo eso si hubiese vivido en la ciudad? Estoy completamente seguro que hubiera tenido el mismo rechazo, porque eso es miedo y el miedo es inherente al ser humano, miedo a lo desconocido. Todos somos los mismos, vivamos donde vivamos. Todos llevamos aún un mono primitivo viviendo dentro de nosotros, eso son los sentimientos, no los podemos manejar, cambiar, utilizar, porque son así, primarios, vivamos rodeados de montañas, de agua, de edificios todos llevamos el mismo patrón interior que nos hará reaccionar igual en un lugar o en otro.
-Pero hubieras conocido a más gays y te aceptarían.
-Diego, mírate.
-¿Qué, qué tengo?
-No, no es eso, lo que te quiero decir es que, mírate dónde estás sentado, pegado junto a mí, hablando tan tranquilamente. ¿Acaso tú no me has aceptado? ¿No somos todos amigos que vemos más allá? De verdad crees que encerrarme en un guetto por obligación, por miedo al rechazo es una buena forma de vivir, una buena solución. Todo esto explica bien lo que te quiero demostrar. El pueblo no está despoblado, lo están las personas, tú mismo estás despoblado. Me acabas de poner el mejor ejemplo, crees que me hubieran aceptado en la ciudad pero no te has parado a pensar que a mí ya me aceptaron aquí, entre ellos tú, que eres mi mejor amigo. ¿Te das cuenta, Diego? Eso es lo que te quiero decir, piensas algo que lo tienes automatizado en la cabeza pero no es real y lo peor es que toda esa educación que te han metido a presión no te deja ver la realidad. Para mí eso es lo muerto, lo despoblado. No veis que aquí se vive bien. Claro que se pueden mejorar millones de cosas, pero si nos vamos todos ¿quién lo hará? ¿De verdad dejarías morir éste lugar?
-Ya no sé David, siempre que nos ponemos serios me haces comerme mucho la cabeza. La verdad que ahora sí que me has pillado en eso de que no veo la realidad. Tienes toda la razón, me he cegado en que sería mejor vivir fuera e igual me estoy perdiendo mucho de aquí, pero una cosa te digo, no me puedes negar que el futuro laboral para nosotros en este pueblo es escaso por no decir inexistente.
- Si, ese es el mayor problema, pero para eso somos jóvenes, para pensar, para crear ¿no? Pero debemos ayudarnos a ir en la misma dirección porque si cada uno va por su lado esto nunca se arreglará. Tenemos que dejar de estar despoblados por dentro para poder poblar la tierra que nos ha visto crecer.
-Vale David, lo que tú digas, la verdad que ésta tierra si nos ha visto crecer y nos lo hemos pasado muy bien, pero ahora tenemos clase de inglés por lo que puede esperarnos ¿no? Creo que no se irá a ningún sito. Anda vamos.
-¿El café?
-Jajajaja, bébetelo si quieres.

Los dos amigos se levantan dejando las tazas de café intactas y en el mismo lugar que hace veinte minutos, pasan junto a la barra y despiden con una gran sonrisa a la camarera, se colocan los abrigos y salen por la puerta. Siguen hablando de algo que ahora no llegamos a escuchar. Seguramente hablan de cosas insustanciales, igual de Jorge y su cita misteriosa, igual del tiempo, del último examen o de la última fiesta, igual siguen hablando de sus miedos.
JULIO MUÑOZ
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“Aquí me tienen otra vez a riesgo de resultar pesado, pero este proyecto me parece muy interesante, una nueva forma de leer diferentes miradas, diferentes formas de ver la vida, tanto me gusta que repito y estoy convencido que no será la última vez, es inspirador saber que hay gente que pone toda su fuerza, tiempo y empeño en sacar adelante un blog que era pequeño y poco a poco va creciendo. Desde aquí animo a todos a que os lancéis al papel en blanco y nos dejéis ver un poco de vosotros, de los que pensáis. Un abrazo a todos los que participáis y los que se paran cinco minutos para leer y un enorme abrazo a Ana Busto, por su labor y por todo su apoyo en los diferentes sitios donde escribo, gracias por todas las palabras que me has dedicado.”
 http://atmosferaskaesar.blogspot.com/

 
Es todo un honor, Julio, tenerte con nosotros. Un privilegio haberte encontrado. Un goce para los sentidos poder leerte.
Los escritores sois geniales. Me quito el sombrero ante vosotros.

18 de diciembre de 2010

48: "BÁRBARA"

Aquel verano en mi tierra calentana se caracterizó por ser más caluroso que otros años, desde mi llegada al pueblo, por mi mente no pasaba más pensamiento que regresar a las tierras frías donde ahora residía. Me imaginaba que si existía el infierno debía ser como este lugar, el calor era insoportable. Durante esos meses de descanso veraniego, casi todo el tiempo me la pasaba leyendo, bebiendo agua fresca de limón a cada rato, mientras escuchaba las habladurías del gentío que visitaba a la abuela, acostado en posición fetal desde la hamaca de la siesta, que colgaba entre dos almendros en el patio de la casa.

La abuela era una mujer pequeña, que en su juventud había sido una mestiza seductora con cuerpo de sirena y una avidez de vientre para saciar un cuartel entero, pero que el abuelo, el médico más notable y controvertido del pueblo, con su inteligencia casi clarividente, había encerrado en mazmorra su concupiscencia, siendo el único hombre que la había saboreado, aunque hubo rumores de que un tiempo amoríos había tenido, nunca le fueron comprobados.

Como era su costumbre aquella tarde salió bien arreglada, con un vestido negro azabache, su rosario de oro, con una cruz de virgen sacramentada, que sin palabras dejaban ver lo religiosa que era. Desde la muerte del abuelo sólo atuendos de esos usaba, como tenía un ingenio vivo y buen carácter, no era fácil descubrir que estaba un poco loca, pero debido a la crianza que me había dado desde mi primera infancia había aprendido a dilucidarla.

Cuando escuché el repicar de las campanas del templo no hizo falta que abriera la boca para saber lo que vendría, una excelsa invitación a que la acompañara a la iglesia; todos los días iba a la misa de las seis de la tarde, constantemente quería llevarme a esa tierra sagrada para ver si por chiripa divina mis pecados perdonaban y el demonio me exorcizaban, ante la duda efímera de quedarme bajo la sombra de los almendros o divertirme un rato con los delirios del padre Cuco decidí levantarme y acompañarla. Mientras por enésima vez le repetía que la fe era un don que Dios no me había regalado.

El padre Cuco era un hombre fúnebre, de una longevidad infinita pues lo recordaba desde niño cuando arrastras me llevaban a escuchar la misa de los domingos, siempre conseguía con mis berridos que el padre me expulsara de su recinto sagrado, el sacerdote había creído desde entonces que era un niño poseído por el chamuco y un día hasta un exorcismo quiso practicarme, pero el abuelo no lo había permitido, riéndose a carcajadas de los preceptos divinos de aquel hombre célibe.

Cuando salíamos de misa mi abuela saludó a Doña Cástula, una mujer alta, ósea, de cáscara amarga, y una palidez de luna llena ocasionada por las amarguras que su hija Bárbara la había sacado; mi abuela era su confidente, casi siempre le contaba de las andanzas de la Bárbara, que día con día más aumentaban su aire de desamparo. Todavía me acuerdo de aquel día que Doña Cástula toda acongojada fue con mi abuelo. Desde que íbamos en la primaria comenzó con sus delirios de demonios y fantasmas, a ella sí la exorcizó el padre Cuco, pero como falló la sanación se la llevaron al médico, a pesar de su experiencia el galeno estaba confundido, pero con una disertación minuciosa explicó los males que a esa niña enfermaban. Doña Cástula le preguntó qué podía hacer con su pobre hija: «llevarla al manicomio o al convento, al menos eso es de buenos cristianos »anunció el abuelo.

En el pueblo decían que estaba loca de atar, en un manicomio ya la habían tenido, pero la culpa de Doña Cástula le impidió dejarla, así que la mantenía en su casa, casi nunca salía, sólo en contadas ocasiones y siempre acompañada. Sólo podía vérsele a través de la ventana de barrotes de acero de su casa. De cuando en cuando, su madre le permitía que viera a la gente pasar, mientras se peinaba su larga cabellera que no se había cortado desde hacía años. Bárbara era una joven hermosa, tenía los dientes perfectos, los ojos clarividentes, la piel como nieve de invierno, contrastaba con su pelo negro ensortijado, con un cuerpo voluptuoso que dejaba entrever bajo el camisón blanco que nunca se quitaba, andaba descalza y cuando la gente la saludaba sólo una sonrisita esbozaba. Pronto todo esto iba a ser visto como un síntoma más de las desgracias que se estaban incubando, pues hacía muchos años que no salía de su casa.

Frente a la casa de barrotes de acero, un grupo de guachitos trataba de cazar a pedradas una iguana extraviada por un golpe de calor en una de las calles de ese pueblo calcinante, finalmente uno de los proyectiles la había alcanzado y pude verla ahogándose en espumarajos de sangre, ante la algarabía de los escuincles. Bárbara estaba aterrada por el fantasma de la locura, cuando la vimos en la ventana mi abuela le dirigió un saludo, ella como era su hábito sólo sonrió, con una mirada que más parecía de lástima que de respeto, como si ya estuviera envuelta en algún extraño maleficio. De niño yo había estado enamorado de ella, su belleza me sobrecogía, pero entre delirios y alucinaciones me había desencantado.

Ante el argumento de la locura, aquella noche Bárbara esperó a que su madre durmiera, el plan que se había trazado no podía demorar una noche más, sudaba frío en la oscuridad, aguardando en la madrugada con un silencio de camposanto, mientras se dirigía a la habitación de su madre, su talante se volvió lúgubre, su marcha sigilosa, con formas místicas y contemplativas permaneció unos minutos frente al lecho de su madre, con una regadera cargada con petróleo comenzó a rociar a los costados del senil cuerpo de su madre, al tiempo que encendía un fósforo y lo arrojaba. No estuvo dispuesta a la farsa de las lágrimas ni a guardar luto por la madre incinerada en las llamas del lecho terrenal que fabricó especialmente para ella.

Doña Cástula se despertó sin aire, horrorizada, ardiendo como pasto seco, con un fragor de mar enfurecido, la agonía llegaba a ser tan espantosa que era mejor la muerte. Los lamentos retumbaban en las calles; con el poco instinto de supervivencia que le quedaba, se levantó y se dirigió a la pileta del patio de la casa, se arrojó como mula insolada, con la esperanza de apagar aquellas voraces llamas que la derretían como cera pálida. Bajo el silencio de la luna menguante, al caer el fláccido cuerpo a la pileta, no había agua sino que también repleta con petróleo estaba, fue un relámpago que cegó la noche, como una estampida ardiente salió de la casa, aullando en dolor su último aliento, por el zócalo del pueblo, hasta que cayó fulminada por las brasas en una de las bancas que dan solaz al andante. Allí quedó, haciéndose cada vez más chiquita de cuerpo y de voces.

El pueblo sobrecogido interpretó aquel matricidio, como una deflagración del destino celestial, antes de los funerales la trastornada huérfana fue acorralada por los municipales, terminaron por llevarla a la fuerza, pataleando y tirando al aire dentelladas de perro rabioso hasta la cárcel más cercana, a falta de manicomio. Vencida del alma por los desaires de los pueblerinos, que entre chismes y rumores sacaban las congojas por aquel suceso inexplicable. Nadie supo cómo había conseguido Bárbara aquel combustible si permanecía encerrada y no le dejaban sola ni por qué había quemado a su madre, eran muchas las teorías que la vox populi encontraba a suceso tan tremendo.

Había relámpagos y truenos remotos en el horizonte calentano, el cielo estaba encapotado, me mecía en la hamaca bajo la sombra de los almendros cuando la abuela me dio la noticia de que Bárbara había muerto sin causa alguna en la cárcel-manicomio, tres días después de la muerte de Doña Cástula, todo el pueblo decía que ese deceso encerraba un misterio divino o bien que había muerto de tristeza porque de hambre nadie se muere. Escuché los primeros truenos de aquel abrasivo verano cada vez más cerca, con la esperanza de unas gotas de lluvias que apagaran ese calorcito infernal. Desde aquel día todavía se cuenta la historia de aquella mujer endemoniada que apagó con fuego la luz de vida de su madre. No en balde los que han ido al infierno y regresado platican que el averno es igual de caliente que estas tierras, sólo que allá no hay moscos.
ICHI IJIWARU
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“Nacido en la Tierra Caliente del sur de México, bajo el signo acuariano. Loquero por vocación, escritor por accidente, amante del cine, la literatura y el arte en general. De temperamento flemático y difícil que consigue hacer fallido todo sueño que persigo.”

Los sueños deben ser perseguidos sin descanso, Ichi, algún día pueden ser capturados.

17 de diciembre de 2010

47: "LIFE"

La vida es ir caminando por un campo donde podemos encontrar jazmines y espinas. No vemos el final, pero lo imaginamos.
Imaginamos una forma de recorrer nuestro camino, una forma de compartirlo, las personas con las que queremos compartirlo, hasta somos capaces de imaginar cuándo vamos a encontrar jazmines y cuándo espinas.
Algunas personas se limitan a no imaginar, a basarse solo en lo que ven, en lo que escuchan o en lo que viven, y pierden la capacidad de imaginar, de llenarse de ilusiones, de que las palabras lindas les acaricien el alma. Cuando perdemos esa capacidad perdemos todo, porque el final no esta puesto, no esta hecho. Tenemos que construirlo nosotros y toda construcción empieza por imaginarla, por soñarla, por pensarla un tiempo por más corto o largo que sea. Pero empezar se empieza por la ilusión de ese final, de esa persona, de esos amigos, de esos jazmines y de esas espinas.
A veces de tanto imaginar jazmines, aparecen llenando nuestros días de perfume, de colores, de magia, dejando un poquito de ellos en nosotros, consiguiendo llenarnos de ilusiones, de sueños, de esperanza. Lo único que hicieron esos jazmines fue demostrarnos que durante todo el camino tenemos que soñar, tenemos que buscar, porque el que busca encuentra, el que encuentra se sorprende y el que se sorprende descubre que muchas veces tuvo delante de sus ojos jazmines pero que no los supo ver.
LUCÍA MARTÍNEZ
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Lucía nos ha escrito desde Argentina. Ella misma se describe así: “La música, la fotografía, muchas palabras, algunos cuadernos, el pucho, mis amigos y la vida me convirtieron en un ser tranquilo, sincero pero complicado.”

16 de diciembre de 2010

46: "ESQUIZOFRENIA"

Siempre me creí parte de otra realidad. Al principio me atrevía a decirlo, le preguntaba a Adnara sobre otros planetas, ella se limitaba a lanzar groserías, sentía pena ante su ignorancia. Me desesperaba y subía a mi cuarto a dibujar. Dibujaba en la pared, en mis cuadernos, en las portadas de los libros que me regalaban en navidad. Dibujaba mi verdadero hogar, una casa de madera con base triangular y carente de techo, se alzaba en forma de cono y terminaba con una punta delgada. Mezclaba colores hasta obtener un tono caoba y coloreaba la casa. No le ponía ventanas y la puerta era muy pequeña comparándola con los arboles que estaban alrededor, después todo era tierra y los árboles no tenían hojas, era un patrón inquebrantable, en todos los dibujos siempre era otoño. Al caer, algunas hojas cubrían el suelo y otras aparecían como un punto suspendido en el espacio. El ambiente de esos trazos era lúgubre y una neblina gris crayón se esparcía por toda la superficie del dibujo. Cuando el ambiente estaba listo me concentraba en habitarlo, con los ojos cerrados creaba una familia sin rostro, con cabezas en blanco, apenas una abertura que simulaba una boca. Era muy cuidadoso cuando de los detalles se trataba, mi lápiz siempre tenía la punta larga y disponía de  una caja de colores sobre el piso.  
     Crecí rodeado del mismo dibujo, repetido incontables veces, pegado en la pared, en la puerta, sobre mi cama, a veces despertaba con ganas de ir al baño y me descubría asustado por pisar hojas regadas en el suelo. Con el tiempo aprendí a caminar de puntitas.
    Pasé muchos años solo. En el colegio me sentaba hasta el final de la primera fila y no hablaba con nadie, aún recuerdo los gestos sorpresivos de algunos niños cuando la maestra me nombraba al pasar la lista, no se percataban de mi existencia.
También me gustaba escribir, pero al comenzar una historia me perdía a medio camino, la dejaba incompleta.  Nunca me hallé en ningún sitio, no podía concentrarme, mi mente volvía al dibujo, a ese otro sitio que me estaba esperando en algún lugar.
Un día Adnara guardó todos los dibujos en una caja y la cerró con un candado pesado, nadie dijo nada. Pero a partir de ese momento entendí que no podía compartir mi secreto con nadie, que ni siquiera Adnara, aún después de llevarme en su vientre y nombrarme parte de sus entrañas, era digna de confianza.
    Dejé de dibujar y también de hablar. No reconocía la voz que salía de mi garganta, sentía que las palabras que yo decía eran pronunciadas por alguien más, como si un intruso habitara en mí, estaba creciendo. Y con el tiempo fui perdiendo la esperanza de encontrar la raíz que un día dejó mi espíritu, el punto de partida al que anhelaba retornar. Dormía todo el tiempo posible porque en sueños me acercaba a lo deseado, pero cuando despertaba una sensación de vacío perforaba mi estomago. Recuerdo haber escuchado una plática entre dos adolescentes, hablaban del amor, decían que sentían mariposas en el estomago, sonreían. Desde ese día, cada vez que despertaba queriendo aferrarme a mis sueños, me decía a mí mismo que sentía mariposas, que eso era el amor, pero no sonreía, era doloroso.
     No se cuánto tiempo transcurrió, pero un día Adnara empacó mis cosas y me dijo que tendría que mudarme por un tiempo. No dije nada, me limité a observar las bolsas de plástico negras que contenían mi ropa, la caja de cartón llena de libros que jamás volvería a leer, y entonces reparé en ella, en un rincón estaba la caja que contenía todos mis dibujos. Me contuve para no desbordar mi emoción, reprimí la felicidad embriagante hasta convertirla en ganas de vomitar, en una enfermedad física.
El viaje comenzó. Dormí todo el camino. Recuerdo el frío, el olor a aceite rojo que despedía el auto, el ruido del viento rozando la velocidad, 120 km/hr, una estación de radio nunca antes oída y al final el silencio, el no abrir los ojos para escuchar con atención, para soñar despierto que me dirigía por fin a mi destino.
Horas después, un señalamiento indicaba que el auto no podía seguir, faltaba sólo un kilometro para  llegar. Caminé con Adnara atravesando un enorme bosque repleto de abetos mientras hundía mis pasos en el barro que se formó debido a la lluvia. La casa era enorme, tan grande como un hospital, tan alta como un granero. La ausencia de ventanas y el blanco de las paredes despertaban  una sensación de exilio.  Unas escaleras cedían el paso a la puerta principal donde formados en hilera  cinco hombres vestidos de blanco nos miraban acercarnos. Supe que me esperaban y algo en mi interior estalló, por primera vez tuve miedo. El tiempo se detuvo, no escuchaba a nadie, movían los labios, muecas de compasión asomaban en las bocas de los blancos, lágrimas brotaban del rostro de Adnara. Comprendí que era la última vez que la vería, quise sentir algo y no pude, todo era vacío. Después de un abrazo frío el adiós llegó, Adnara se quedó parada en el último escalón, con la mirada fija en los hombres blancos que me conducían a la casa, y yo los seguí, sin voltear, arrastrando los pies al caminar.
    Los primeros días fueron los peores, me aburrí como nunca. No podía dormir y el reloj del largo pasillo taladraba mis ansias con su segundero. Un pasillo ancho, de cada lado una fila de camas que no eran más que colchones sucios, sin sábanas y con resortes asomando por todos lados.  A veces todo era silencio, podía escuchar mis pensamientos, pero otras el ambiente se llenaba de gritos, de llanto, de violencia.
Los locos, así les decían los blancos. Eran más de 15, la mayoría mujeres, tampoco hablaban, les daba por gritar en un intento desesperado de abandonar la casa. Cuando trataban de callarlos golpeaban con fuerza, entonces se los llevaban unos días, no sé a dónde, pero regresaban cambiados, sus ojos más cerca de la demencia. No me acerqué demasiado ni tuve problemas con ellos, tal vez jamás se dieron cuenta de que estuve ahí.
Tenía la sensación de que algo estaba por suceder. Cada día terminaba con mi optimismo, pero al siguiente me decía a mí mismo que la espera se acercaba a su fin. Las pastillas que me daban ayudaban un poco, eran anestesia para mi organismo, simulacro del cansancio que proviene de la inmovilidad. Después de un tiempo llegué a creer que me estaban preparando para una sorpresa, que todo lo que sucedía a mí alrededor era un montaje. Llegó a entusiasmarme esa idea al grado de provocar el resurgimiento de la extinta felicidad. Era obediente por conveniencia, por un tratado que sólo existía en mi mundo de suposiciones.
Meses después, sucedió. Un día uno de los blancos se acercó y dijo que debido a mi buen comportamiento tenía oportunidad de dar un paseo por el jardín, asentí y lo seguí hasta la puerta principal, una vez ahí me señaló el área donde podía estar y los límites que no debía cruzar. El espacio era extenso y los rayos de un sol que creí olvidado iluminaban mi rostro, me sentí libre.
Caminé una hora dando vueltas por el jardín, me llene del olor de la naturaleza, del aire que sólo se manifiesta en las altas montañas, y entonces sentí el deseo de adentrarme en el bosque, miré en todas las direcciones y me descubrí solo. Todo estaba planeado, pensé.
Corrí cruzando los límites, me perdí entre árboles y tropecé más de tres veces llenando mi ropa de lodo, poco importaba, sabía que algo más me esperaba. La percepción del tiempo desapareció para mí, no sé cuánto tiempo estuve corriendo, no recuerdo si me detuve a descansar o caminé, es como si alguien hubiera borrado ese pedazo de memoria que significó el fin del mundo como hasta el momento yo lo conocía.
Entonces la vi, y me froté los ojos con fuerza, me troné los dedos buscando alejar la fantasía, pero no desaparecía, era real. Me acerqué más, lentamente, podía sentir las hojas crujir bajo mis pies. Cuando estuve a unos metros  reconocí a los hombres sin cara, contaban sólo con una boca que parecía buzón de cartas, sabían que estaba ahí, estiraban sus brazos para recibirme y yo sentí ganas de llorar, de entregarme al afecto que me inspiraban. Uno de ellos se acercó a la pequeña puerta de la casa, la abrió y me hizo una seña invitándome a pasar. Estaba tan cerca que noté dentro las dos cajas y las bolsas de plástico negras, me sentí en casa por primera vez en toda mi vida. Entré sin más, mi nueva familia me siguió.
Todo era tranquilidad. Sólo faltaba desempacar los dibujos para pegarlos en las paredes de mi nueva casa. Eran demasiados, solo me llevaría mucho tiempo, y yo quería contemplar toda mi vida la casa, no podía gastar más tiempo. Entonces hablé, y reconocí en mi voz al niño, “tenemos que hacerlo juntos”, dije.  Poco tiempo bastó para que mi obra de vida estuviera completa.
    Ahora sólo me queda contemplar la casa, la niebla, el otoño, mis dibujos, y pensar una y otra vez en cómo el destino tenía un plan para mí. Sé que moriré con la certeza de que los sueños no son más que fragmentos de una realidad que está esperando a cualquiera en un sitio desconocido.
BRIANDA PINEDA MEGAREJO
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Brianda nos ha escrito desde Veracruz, México. "Durante toda mi infancia anhelé vivir en un barco de madera, en la nada que representa el abismo del océano, con la compañía del ruido incesante del mar golpeando quién sabe qué. Después crecí y comprendí que tendría que inventármelo. Y entonces comencé a escribir."