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12 de enero de 2011

73: "LA HAZAÑA DE RAFAEL EN AZULIA

            Un día más, como tantos otros. El trabajo era en exceso monótono para el creativo Rafael. Se limitaba a recoger en la oficina maletines con grandes sumas de dinero y depositarlo en el banco, en una sucursal situada a unos doce kilómetros. Iba en un automóvil volador, como casi todo el mundo en la gran urbe Azulia. Hacía dos o tres viajes todos los días en el vehículo que le prestaba la empresa, para ello y para ir y venir del trabajo.
            Antes de realizar el primer viaje de la jornada, comentó a un compañero:
            –¡El planeta Azul ya no es lo que era! Antes solo había animales, plantas y personas viviendo en armonía con la naturaleza. Desde que inmigraron aquí tantos terrícolas –meneó la cabeza–… Parece que ellos no pueden vivir sin ciudades. Nos han traído sus costumbres, incluso la de colocar el asiento del conductor en el lado izquierdo, cosa inútil ahora que los automóviles vuelan.
            –¡Y que lo digas, Rafael! Todavía existen amplias zonas no contaminadas, pero las ciudades no paran de crecer, y el planeta Azul es muy pequeño…
            –Bueno, amigo, me tengo que marchar. Voy a lo de siempre.
            Subió al coche y se elevó. Aterrizó en una estación de servicio.
            Cuando volvió a elevarse, contempló el hermoso y corto horizonte del pequeño planeta.
            La pequeña nave señalizó en su panel de mandos una inesperada avería: se quedaba sin combustible, a pesar de que en la estación de servicio acababa de llenar tanto el depósito de hidrógeno deuterio como el de hidrógeno tritio del generador de fusión controlada, además de realizar un chequeo de rutina y comprobar que todo funcionaba. Contrariado, tuvo que descender y aparcar el vehículo en una calle poco iluminada, cerca de la sucursal donde iba a depositar la importante suma.
            –No sé por qué tienen que enviar el dinero a la sucursal más alejada del centro –se dijo Rafael–, en las afueras de Azulia. Por estos suburbios hay calles poco iluminadas. ¿Y si, como ha ocurrido, tengo una avería y he de descender a una callejuela de mala muerte y me roban? A lo mejor es verdad que el director de esa sucursal tiene un vergonzoso trato con mi jefe y por eso tiene que ser allí, como se rumorea en la oficina…
            Rafael se apeó. Dejó la compuerta abierta y observó la calle. Estaba desierta, y las casas destartaladas. Tecleó la clave de apertura de la compuerta del generador de fusión controlada. Ésta se abrió hacia arriba, tapando a su vista la calle. El generador estaba bien aislado para evitar fugas radiactivas. Comprobaba las medidas y ordenaba en la consola del ordenador de a bordo, situada allí, un informe de daños. Una voz a sus espaldas le sobresaltó:
            –¿Puedo ayudarle?; reparo automóviles.
            Rafael se giró y observó a aquel hombre. Iba elegantemente vestido.
            –Este automóvil vuela alto y a gran velocidad, además de tener un lujoso habitáculo. Es de los mejores de mi empresa. ¿Repara usted también los últimos modelos?
            –Si es lo que creo, la avería es común a una que sufren también los modelos más modestos.
            –¿Cómo sabe qué avería tiene mi automóvil?
            –No lo sé, lo supongo. ¿Me deja ver?
            Rafael se apartó, pero no acababa de confiar en aquel hombre. El monitor de la consola indicaba ya el problema y su ubicación. El desconocido manejó con la consola el brazo robot encargado de manipular y solucionar averías en la zona radiactiva del generador.
            –¡Ya está! Era la espita de alimentación de hidrógeno tritio, se había soltado.
            Rafael escuchó unos pasos y se apartó de la compuerta para ver quién era. Otro desconocido, vestido con harapos, corría con el maletín.
            –¡Me han robado! ¡Y usted…!
            –Oh, lo siento de verdad, ¡yo no sé nada! Pasaba por aquí.
            Con una mirada airada, Rafael cerró la compuerta del generador, entró en el automóvil, cerró por fin la compuerta de junto a su asiento de la izquierda y se puso a los mandos. El automóvil arrancó sin problemas, se elevó y voló en persecución del desarrapado ladrón. Rafael miró atrás con el sofisticado visor de su izquierda y comprobó que quien había reparado el automóvil ya no estaba.
            A punto de dar caza al ladrón, éste se introdujo en un automóvil, sin duda conducido por otra persona, pues el perseguido se montó en el asiento de la derecha. Arrancaron y se elevaron en pocos segundos, adquiriendo gran altura y velocidad. Rafael los seguía de cerca.
            Mientras, imaginaba qué había ocurrido: Aquel hombre bien vestido era un compinche del desarrapado. Sin duda ese hombre, u otro compinche más, aprovechó unos momentos que Rafael dedicó a beber agua, comprada de una máquina expendedora en la estación de servicio, mientras se llenaban los depósitos. El compinche habría provocado la avería con efecto retardado, marchándose antes de que él regresara.
            –Sin duda así es como lo han hecho –se dijo Rafael–. Pero, ¿qué hago persiguiéndolos yo solo?: Llamaré a la policía...
            El comunicador no funcionaba.
            –He de reconocer que no son unos atracadores cualquiera. Estos profesionales me han roto el comunicador para que no pueda pedir ayuda, y yo no me he traído el teléfono celular. Tendré que cogerlos sin ayuda.
            Rafael se armó de valor y apretó a fondo el acelerador. Maniobró para dar una pasada justo a la derecha del automóvil de los ladrones, junto a la puerta donde estaba sentado quien llevaba el maletín, al tiempo que manipulaba el mando correspondiente para que el visor de la izquierda se alargara al máximo hacia fuera del vehículo. Ese modelo tenía ambos visores gruesos y resistentes, de modo que el de la izquierda le sirvió para, aproximándose mucho al vehículo perseguido, romper la compuerta de la derecha del coche en fuga.
            El visor de la izquierda del automóvil de Rafael y todo el lateral derecho del perseguido se hicieron añicos. La compuerta derecha saltó por los aires y Rafael a punto estuvo de perder el control de su vehículo. El otro se inclinó en exceso a la derecha, hasta ponerse de canto, con lo cual el desarrapado cayó al vacío. El vehículo de los ladrones se enderezó y huyó, mientras Rafael llegaba justo a tiempo para colocar el techo del suyo bajo el ladrón, evitando que éste se estrellara contra el suelo.
            Aterrizó con cuidado, abrió la compuerta de la izquierda y se apeó del vehículo con un paraguas como arma. El ladrón estaba herido. Miró a Rafael, que pinchaba su cuello con la punta del paraguas, y soltó el maletín. Lo había aferrado con sus brazos hasta ese momento. Sin dejar de pincharle el cuello, Rafael le cogió un teléfono celular que llevaba en su mugriento bolsillo y avisó a la policía.
            La policía se llevó al ladrón. Prestada declaración, Rafael montó en su maltrecho automóvil y fue a entregar el dinero en la sucursal. Regresó a su oficina y contó lo sucedido al jefe. Se ganó un aumento de sueldo.
José Enrique Serrano Expósito
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  Jose Enrique Serrano Expósito nos ha escrito desde Córdoba, España. A pesar de ser un prejubilado de telefónica es un hombre muy activo pues colabora como voluntario en dos ONG con su apoyo como informático, practica varias artes marciales y escribe cuentos y novelas de ciencia ficción y fantasía épica


Fue medalla de oro en Ediciona 2009 y 2010 y su labor literaria la podemos ver reflejada en todos los siguientes enlaces:

Y en sus webs literarias:

Yo sigo pensando que aún puede sacar algo de tiempo para hacer un curso de malabarista. ;-).
Es todo un honor tenerte con nosotros, Jose Enrique.



Este texto está bajo el registro de la propiedad intelectual en SafeCreative:   http://www.safecreative.org/work/1011277949892

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