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6 de noviembre de 2010

6: “LOCURA DE AMOR”

A veces he mirado un reloj como quien mira un calcetín sucio. Sabe que tiene que echarlo a lavar y, sin embargo, lo deja tirado en el suelo. En el momento en el que apartaba la vista de la esfera me daba cuenta de que no sabía la hora que era. Y volvía a consultar la posición de las manecillas. Pero era igual. Mi concentración se esfumaba hacia otra dirección. “¿Es que no puedes quedarte ni con la propia imagen para pensar después y con calma la hora?” Con muchísimo esfuerzo tal vez. Y es que otras imágenes se agolpaban apretujadas en mi cerebro. No querían irse. No querían desaparecer. Todas luchaban por aparecerse ante mí aunque sólo fuera un instante. Eran desordenadas, no guardaban un orden aparente de tiempo ni de motivos. La única relación que guardaban entre sí era la presencia aureolada de él. El amor de mi vida.

Quizá me volví loca. Ese tipo de locura que no llega al límite del manicomio pero que a veces lo roza peligrosamente. Porque no me importaba nada que no fueran mis recuerdos. Ni la gente que me rodeaba y que, sin duda, juzgaba mi comportamiento insensato. NI el frío ni el calor. Ni la lluvia ni el hambre. Yo sólo existía en un mundo intangible, abstracto. Uno en el que no percibía las sensaciones del exterior, en el que sólo estaba yo. Y mi recuerdos. Ni siquiera me importaba morir. Porque al fin y al cabo, morir era aislarse del mundo terrenal, no sentir. Y si era verdad que teníamos alma, su vagabundeo sería lo más parecido a como yo me encontraba ahora.

Rallando esa locura peligrosa llegué a pensar tantas cosas. Y sin embargo, lo más curioso era que yo no me importaba el sufrimiento pasado, los problemas de una relación dada por terminada. Ahora sólo me acordaba de cuando me había regalado aquella flor, o de cuando dimos aquel paseo por el campo en un día de primavera disfrutando de lo que nos queríamos. O de sus innumerables abrazos. O de su sonrisa. O de sus besos… Le echaba de menos, tanto que la distancia del tiempo había borrado sus recuerdos.

Otra vez miraba el reloj. Sus agujas formaban un ángulo recto. Serían las tres de la tarde. Me retrasaba, sí, pero en dónde.

Conchita Márquez Alonso


A sus cincuenta años esta riojana vive el amor como si tuviera quince. Escribe cartas a un amor perdido todos los días y algún día las recopilará todas para publicarlas en forma de memorias. De momento se conforma con participar en el reto y poder mostrarles a sus amigas sus dotes para la escritura.

4 comentarios:

  1. me gusta mucho, esta escrito con mucho sentimiento.Gracias por deleitarnos con este relato

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  2. El amor a través de la locura es una travesía incierta, navegar en la abstracción, pero ir desentrañando la locura a través de ese recuerdo es abono para recuperar el presente. Me gusta

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  3. Me gustó mucho tu relato. Felicitaciones!!! Tiene mucha fuerza expresiva, llegada...

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  4. No pensé que mi relato pudiera dar para tantas palabras amables.
    Muchas gracias.

    El amor es el motor que mueve nuestros corazones.

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